Martes, 02 de agosto de 2005
PASQUAL Maragall ha querido añadir una nueva página del catalanismo político pero quizás resulta que firma un parte de desmoronamiento. Toda la crónica de la redacción del nuevo Estatuto de autonomía de Cataluña, sus ambigüedades y sus irresoluciones, implican una carencia monumental de liderazgo. ERC reclama que el 80 por ciento del texto estatutario es suyo, cuando la representación política de Carod de poco pasa los 600.000 votos, de modo y manera que la hegemonía del PSC-PSOE en Cataluña queda notablemente mermada, por no hablar de CiU. Son impresiones del todo aparatosas. Antes del 11-M, eran tres los objetivos de Maragall: ser un presidente mejor que Jordi Pujol, oponerse a un gobierno del PP con un nuevo Estatuto y ser el espejo institucional y estratégico en el que el País Vasco hallase la solución de sus males. Salga o no salga el nuevo Estatuto catalán, Maragall es un sujeto político que se queda al margen del juego real, especialmente si consideramos la posición de entidades políticas como José Montilla y quienes rigen la vertebración autonómica de España desde el PSOE.
En la personalidad política de Pasqual Maragall hay algo del Silvestre Paradox barojiano, con su avutarda disecada a cuestas, con sus proyectos de salvavidas químico, pan reconstituyente, el cepo langostífero y la melino-piróxulo-paradoxita. El «imbroglio» es notorio. Incluso ha aparecido la vieja cuestión de los «derechos históricos», como si fuese cuestión de remontarse a las proto-históricas Bases de Manresa. Quién sabe en qué lugar recóndito resguardamos la voluntad de modernización política de España que Maragall reclamaba para el catalanismo político. Desde luego, Pasqual Maragall no está solo en este fabuloso viaje: le acompañan todos los partidos políticos de la cámara autonómica catalana, desde los pos-comunistas al PP, empeñados en ser parte del «Establishment» institucional catalán para perderse la sintonía con una calle manifiestamente ajena a la idea de un Estatuto que resuelva los problemas de una sociedad prioritariamente inquieta por el derrumbe del barrio del Carmelo y por la noción suspicaz del tres por ciento de la obra pública como peaje civil. Es un conjunto con visos de patetismo compartido, muy intenso, peculiarmente indicativo de lo que no es un oasis ni de lo que debiera ser una ventaja que «mutatis mutandi» sirviera de ejemplo a otras comunidades autonómicas como vía paradigmática.
Tantas idas y venidas lleva ostentando la redacción del nuevo Estatuto de autonomía catalán que la mano presuntamente seducente de Pasqual Maragall ha quedado reducida a la función foránea de un comportamiento político excéntrico y sin poderes. Todo ha concluido en un «imbroglio» espectacular, amortiguado por las presiones propias del tripartito y por su considerable entorno mediático. Así llegan las cosas a La Moncloa, desvirtuadas, despojadas de la intrínseca virtualidad de una opinión pública catalana que vive del todo ajena a esas pretensiones estatutarias y a la idea de Cataluña como nación. Véase el supuesto clamor popular respecto a la idea de los derechos históricos de Cataluña, una estantigua que invoca en este momento la identidad de una Cataluña que en realidad se rige por los modos cotidianos de una juventud adscrita a la «play station».
La impresión más directa es que la iniciativa de Pasqual Maragall carece de anclajes históricos. Estaríamos en el dominio incontrolable de la volubilidad política. Los problemas para Rodríguez Zapatero son mayores de lo que iban a significar las ventajas de tener un Pasqual Maragall en el poder. Entramos en fase de ajustes y recortes. Quién da más, quién acepta menos. Anticipar o no elecciones. Melancólico instante en el que a Silvestre Paradox le leen un dictamen del «Boletín del Ministerio de Fomento»: «Patente número 34.240. Ratonera-Speculum, de Don Silvestre Paradox. Denegada por no revestir la Memoria suficiente claridad».
Por: Antonio Fernandez Gonzalez | Autonomias. | Comentarios (0) | Referencias (0)
Bítacora crítica sobre las actuaciones del Gobierno socialista de España.
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